Y me siento en la orilla del camino,
mirando las imagenes del tiempo pasar ante mis ojos
visiones de sonrisas y llantos tan despilfarrados
me tomo una pausa para contemplar las faltas de mi cuerpo en mi propia vida,
a la que he insultado y escupido tantas veces
pero que sigue aqui, incondicional perdonandome las ofensas y rasguños.
Distingo la belleza de un beso pasado, una boca y sus sabores
una piel y su calor,
y me arrullo con canciones de amor que alguna vez llevaron mi nombre.
En un suspirar me alejo por un momento de la velocidad del mundo,
de los amigos y enemigos
de los despliegues mas irrelevantes de la locura que hace mucho me acompaña
en esta carrera hacia ningun lado.
Un pequeño espacio para llenar mis labios de palabras
y mi alma de sensaciones
atiborrada, plétorica, rebasada
quieta en el espacio inmenso de mis heridas y miedos
de mis más bellas esperanzas.
Me quedo al borde del camino para saborear
la soledad abundante, tan sedosa, tan vibrante
que recorre mi espalda cual lengua de amante
para llevarme a un extasis extraño, inconvexo
tan agrio como ha de ser un pecado
soledad que me envuelve en un torbellino de nombres que se han fatigado en los años
y que no he de volver a leer en las hojas de mi libro
una lagrima quizas, para acompañarlos en el viaje
desde las cenizas de mis manos,
que no pudieron sostener el brillo de sus ojos,
ni la convicción de sus promesas.
Un simple momento
para apreciar las arrugas en mi cuerpo,
la palidez de mi piel, los kilos demas
los defectos que me hacen tan persona
tangible e irreal
tan humana que bordeo la bestialidad.
Me quedo acá, refugiada en el polvo,
tan llena de las decepciones y sueños,
de las ansias e ilusiones
tan, tan llena que me voy vaciando
y más que yo en estas horas
soy la completa y absoluta paz.

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